Un bonito artículo de Ezio Etrari, publicado en el boletín para los socios del CAI de Verona en enero de 2014, sobre nuestra querida aguja que domina la ciudad de Belluno
No se puede hablar de la Schiara sin mencionar el símbolo que la distingue y que da una impronta singular y sugerente a todo el grupo: la Gusela del Vescovà (2361 m). Pequeña pero muy atrevida, esta aguja es bien visible desde la Valbelluna, desde el Alpago y desde muchos puntos del Agordino.
Aunque mide solo 40 m, se impone por la pureza de sus líneas y por su aislamiento, al borde de una pared grandiosa en la que parece a punto de precipitarse. Minada por la gran grieta que rodea casi toda su base, parece milagrosamente en equilibrio sobre la cresta en la que se apoya. Mientras la imponente mole del Burel se esconde tímidamente en el áspero y salvaje Val de Piero —mostrándose solo al alpinista que recorre con esfuerzo ese barranco—, la desafiante Gusela del Vescovà se ofrece en cambio a la mirada y a la admiración incluso de quien pasea tranquilamente por las calles de la ciudad.
Se da Belun se buta su n’ociada
se vede in mez le nuvole, ma ela,
na ponta te la croda sistemada
ciamada Prièta, ancòi Guséla.
No le de zerto come le Tre Zime
e no la val al Domo de Milan,
ma senza paragòi e tante stime
le bela e basta! Enca da lontan!
La è bela ancòi e doman, de dì e de not.
Co piove, co le’ sol, co tira al vent.
Con quei che ghe vol ben la fa zignòt,
ai mone la ghe mostra, inveze, i dent.
omissis…
(En dialecto de Belluno: si desde Belluno se levanta la vista, se ve entre las nubes una punta encajada en la pared, llamada Prièta, hoy Guséla. No es desde luego como las Tre Cime, ni vale lo que el Duomo de Milán: pero sin comparaciones ni grandes elogios, es bella y basta, ¡incluso de lejos! Es bella hoy y mañana, de día y de noche, cuando llueve, cuando hay sol, cuando sopla el viento: a quienes la quieren les guiña un ojo, a los necios, en cambio, les enseña los dientes.)
Estas son algunas estrofas del poema con el que el gran y agudo poeta dialectal Ugo Neri (que nos honró con su amistad) describía con humor la Pònta de Prièta, símbolo de sus amadas montañas. También nosotros estamos unidos por un cariño sincero —algo ingenuo y romántico— a este capricho de la naturaleza sobre el que volcamos nuestra exuberancia juvenil. ¿Pònta de Prièta (piedra) o Gusèla (aguja)?
La primera denominación se explica porque su forma elegante y esbelta recuerda a la piedra de afilar que servía para las guadañas; la segunda —la actual— nace de una leyenda. El obispo de Belluno, preocupado por que la forma del monolito (obra sin duda del diablo) pudiera inducir a pensamientos impuros a las gentiles y castas muchachas de su diócesis —inquietud comprensible, ya que incluso un tuerto distingue de lejos sus inconfundibles perfiles—, decidió que también podía parecerse a una aguja (gusela, en dialecto bellunés): una aguja traída por los ángeles para bordar los ornamentos sagrados. Y así la Pònta de Prièta se convirtió en la Gusela del Vescovà (la aguja del obispo), aunque ese nombre casto y amable no le hizo perder sus perfiles indecorosos.
Los tiempos han cambiado, y también las muchachas: ahora la miran sin ruborizarse y son muchas las que la afrontan hasta su vertiginosa cima, superando con agilidad dificultades serias que llegan al 4.º grado. La primera de todas fue una tal Maria Breviglieri, que en 1925 se aseguró la primera ascensión femenina. Otra leyenda cuenta que Noé amarró su Arca a este cómodo monolito que emergía de las aguas; otra más hace de la cima un lugar de reunión de brujas que aúllan a voz en grito…
Naturalmente, dada su visibilidad, la Gusèla ya había llamado la atención de los primeros alpinistas en 1869, cuando, acompañados de cazadores, alcanzaron su base subiendo por el Val Vescovà. Así describieron la soberbia vista que se disfruta desde esa horcada: «No se puede concebir un panorama más amplio ni más imponente, hasta el punto de que no lográbamos apartarnos de su contemplación.»
Aunque no tenían la ambición de conquistar la cima —la suya era una curiosidad científica—, una vez que pudieron tocar la roca tantearon también sus posibilidades de escalada. Pero desistieron casi enseguida. Otros audaces lo intentaron después, pero hubo que esperar hasta 1909 para asistir a un intento serio. En julio de aquel año, varios oficiales del 7.º Regimiento Alpini subieron hasta la horcada. Con una escalera rudimentaria intentaron superar el primer tramo, pero tuvieron que abandonar prometiéndose volver con material más adecuado.
De aquel grupo formaba parte el subteniente Arturo Andreoletti, alpinista ya experto (entre sus innumerables ascensiones hay que citar la primera italiana a la cara sur de la Marmolada y la magnífica gran primera en la cara norte del Agner), quien supo que en Belluno se había creado incluso un comité para promover la conquista de la aguja inviolada. Animado por los amigos y tras asegurarse la participación del gran alpinista de Fassa Francesco Jori (con quien en 1921 vencería la inmensa pared septentrional del Agner), decidieron dar el asalto definitivo a la virgen Gusela. La atacaron por el norte a las 11:45 del 14 de septiembre de 1913 y a las 13:30 estaban en la cima, adonde les alcanzó, ayudado por la cuerda, Giuseppe Pasquali. Izaron en un palo la bandera tricolor, cuyo ondear se advirtió enseguida desde Belluno: la inviolable Gusela había sido por fin… violada.
Hace algún tiempo quise volver allí arriba: deseaba comprobar si era cierto lo que se decía sobre la estabilidad de la Ponta de Prièta. En efecto, me pareció que la grieta se había ensanchado un poco, y la idea de su probable destrucción empañó la alegría que solía sentir al alcanzar aquel lugar mágico. Mi tristeza desapareció, sin embargo, cuando, ya en la cima de aquel monolito, comprendí que la fragilidad —a la que todo y todos estamos destinados— no restaba nada a lo que estaba admirando desde aquel incomparable balcón. Deduje entonces que el límite puesto a la posibilidad de disfrutarlo, lejos de rebajarlo, aumenta su valor. Y la alegría expulsó la tristeza.
Si en una tarde encantada os toca asistir, demorándoos ante la puerta del vivac Dalla Bernardina, a una puesta de sol radiante, quizá oigáis el chapoteo de las aguas rompiendo contra el Arca, o os parecerá escuchar a las brujas aullar desde la cima cercanísima de la Gusela; os daréis cuenta, sin embargo, de que se trata del viento que, colándose veloz por esa angosta horcada, modula sonidos y voces haciéndolos más agradables. Luego atenuará también su fuerza, por miedo a derribar la frágil aguja. Todo ello aumentará la sugestión de aquel lugar mágico, y entonces, en el silencio del vivac, una serenidad infinita entrará en vuestros corazones.

